Última actualización: 29/11/2015

Acerca de Clemar » Pintar el Paisaje

Pinto el paisaje desde mi niñez. Descubrí el misterio de este género pictórico cuando visitaba el campo donde vivían mis abuelas, allá en mi Villa Dolores (Córdoba) natal. Me llamaban la atención los algarrobos con sus copas de nubes, los álamos en otoño, enmarcado por las azules o violetas montañas. Todo lo que se refería a las variables de la naturaleza circundante: los amaneceres, atardeceres, los caminos después de las lluvias. También descubría esa escenografía natural con los cambios de estaciones. Me llamaba la atención la desnudez de los sauces en invierno y recordar que tan verdes habían sido en verano. Me conmovía la nieve sobre la montaña, los canales, arroyos y acequias con sus aguas cantarinas. Todo ese entorno y su naturaleza cambiante fueron potenciando esa llama verde del paisaje y sus  árboles.

Y así desde niño, tanteando las formas y los colores; buscando ese duende misterioso de representar eso que me conmovía, con alguna precaria línea o mancha de color. Entonces, como de repente cuando concluí mi primer grado le pedí a mi madre que me comprara óleos porque quería ser pintor. Recuerdo que después de insistir con el pedido, fuimos a la librería y el señor que nos atendió se reía al enterarse que yo nunca había experimentado con ese tan noble material. Pero bueno: me explicó que lo debía mezclar con aguarrás y  otros consejos  elementales me dio. Y a medida que avanzaba mi niñez, fui experimentando con lápices, témperas, tizas; junto a todo esto incorporando los consejos de mis maestros. 

Adentrándome más en la adolescencia, se potenció mi pasión por la pintura y al ingresar al nivel secundario encontré excelentes profesores de arte, ellos me motivaron y marcaron rumbos en este tan difícil oficio.

Seguía ya con mis paisajes y naturalezas muertas. Con mis amigos salíamos a recorrer en bicicleta los alrededores y en algún descanso del camino me ponía a realizar bocetos y después los elaboraba con la técnica de la témpera. Durante el periodo escolar, confeccionaba láminas que se usaban como material didáctico para maestros y practicantes, en las vacaciones un vendedor de artículos regionales me encargó la decoración de unas cajas de madera con paisajes serranos, también realizaba los carteles de propaganda de gaseosas y carteleras de las películas del cine del pueblo. 

Cuando ya estaba por finalizar mis estudios secundarios encontré una persona que marcó a fuego mi vida de pintor: el profesor Ulderico Todó; un español que vino a radicarse a las sierras e instalar en Villa Dolores una Academia de Arte. Él era un verdadero maestro del dibujo y de la pintura.  Había estudiado en la Escuela de Bellas Artes de París, y tenía muchos premios como artista plástico, incluyendo un premio Nacional de las Artes en nuestro país. Me costó ingresar a su Academia por la falta de espacio y tiempo debido a la gran cantidad de alumnos que poseía. Insistí tanto que don Ulde me cedió un lugar y debía asistir únicamente los días sábados en horario de la siesta. Luego de unas clases me permitió ir todos los días, a veces me entusiasmaba tanto que terminábamos compartiendo la mesa con su familia. Él, al cabo de un tiempo me organizó dos exposiciones, las dos en forma individual. Con mis 17 años quedé sorprendido ante tanto honor, recuerdo que fue en el Club Social El Círculo. La  noche inaugural estuvo cargada de emociones ya que mas de treinta compañeros de la academia se hicieron presentes junto al maestro Todó. Me emocioné hasta las lágrimas cuando una representante del grupo me hizo entrega de un ramo de flores. Nunca olvidaré ese momento, al decir de mis compueblanos “tan chiquitito y camina”. 

La coronación de mi primer contacto con el público fue la venta de un par de “Obras”, mi autoestima se fue por las nubes, hasta que mi madre me dijo que no debía dormirme en los laureles y que siguiera el camino. 

Ese camino después fue largo. Primero me recibí de maestro, y un día me encontré dando clases en una lejana escuela de mi patria: la nro 46 de Siete Palmas, a 200 km de la ciudad de Formosa. 

Y en esta tierra hermosa mis retinas cambiaron montañas por llanuras, arroyos por anchos ríos, sauces por floridos lapachos, jarillas por vinales, álamos por centinelas del agua (las eternas palmeras).

Y en ese desandar agregué a mis expectantes lienzos, paisajes de nuestra inmensa geografía de los cuatro puntos cardinales. Y gracias al Creador, busco desde la infancia los colores cual duendes escondidos en la quietud del agua, en la bella trama del follaje o en la simpleza breve de una flor.

Mis arboles

Casi siempre pinte el paisaje, es lo que siento, lo que conmueve.

Hoy  el hombre con la tecnología, la ciencia, con su polución acuestas, destruye cada vez mas ese paraíso que Dios nos ha dado. Destruir el paisaje natural, está a la orden del día. 

Los elementos sobresalientes de muchos paisajes son los árboles: mis amigos.

Siento de manera especial una misteriosa admiración por ellos. Son, los árboles, la unión de la tierra con el cielo. Abrevan la savia en la oscuridad , para luego elevarse hacia  la luz.

Y en este andar como pintor trato de captar esa grandeza de los mejores amigos del hombre. Busco  penetrar en la singularidad de cada uno y retratarlo. A continuación nombraré algunos de ellos que ya están plasmados en mis lienzos: los álamos: con sus ramas que se elevan al cielo y nos regalan la variedad de ocres y amarillos cuando anuncian el otoño. Dejar el testimonio pictórico de la grandiosidad del ceibo rosado, que desde su desnudez, de golpe, nacen sus flores recordándome que estamos en octubre. El sauce lloron, con sus gajos que en cataratas caen con la intención de besar el agua. Al pintar las grevileas siento que trepan hacia el cielo. Las lengas: ¡ ohh esos seres del fin del mundo que se visten de rojo, anunciando las primeras nevadas australes. Testimoniar las palmeras, en especial estas que crecen en esta verde Formosa, es un deleite. Ellas son mis “amigas”. Cuando están juntas y en sociedad con el viento me traen recuerdos del sonido de las olas del mar. Son ellas las que no sucumben con el fuego ni con el agua. Que hermoso dialogo que mantengo al retratar los lapachos con sus follajes rosados, amarillos o albinos.

Transitando los chacos descubro los no deseados y espinudos vinales, guardianes de la arisca hacienda. Encontrarme en esas siestas del oeste con los fuertes itines que te regalan una fresca sombra. Son los mechudos montaraces. 

Y si trepo a las sierras y sus quebradas, bosquejo los talas y molles, refugio del Rey del Bosque y de la Calandria. Y en cualquier lugar de nuestra patria me tomo el atrevimiento de plasmar al capitán de los árboles: El Algarrobo; que al decir de don Antonio Esteban Agüero es la catedral de los pájaros.

Me olvidaba de los chivatos, fuente eterna de admiración por la soberbia de sus ponchos rojos. Ellos nos anuncian las navidades.

Otras veces pinte las moreras que me recuerdan la infancia y que al treparlas nos llenábamos la boca de sus dulces frutos.

De tanto utilizar la sombra de dos amigos nogales, también he terminado haciéndolos lienzo. Me gusta el color que toman en el invierno, grises como la nostalgia, también me ha llenado de emoción los naranjos de mi madre llenos de fulgentes frutos.

Así a todos los que nombré, los he retratado. Ellos me inspiran, me llenan los ojos y el corazón con sus vestiduras.

Los árboles son la vida y ejemplo de paciencia. Cada uno representa un ser querido o amigo que está o se ha ido.

Y aquí pido prestadas palabras que escribió un gran maestro argentino: Don José Malanca: “ soy paisajista porque soy esencialmente campesino y quiero pintar el paisaje así como emociona mi sentir natural y sin indicaciones de una estética al día. El valor del paisaje esta en extraer esa inmaterial sugestión”

El paisaje con sus árboles, escenografía natural del hombre, musa inspiradora de todas las artes.

Clemar Morales

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Clemar Morales - Artista Plástico

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